La culpa la tuvo mi maldíta costumbre de azucarar el café.
Esa tendencia a querer alterar el orden natural de las cosas, esa
rebeldía por hacer las cosas a mí manera fue lo que me llevó a los brazos (y a
la cama) de él.
La vida fue tranquila durante ese otoño, no salía yo del asombro de ver
tantas hojas ocre y con anverso dorado. Hojas de ricos, hojas de alta sociedad.
Me llamó con su voz que parece un ronroneo. Al principio paré las orejas
para identificar si era a mí a quién aludía. Ese tono aterciopelado, calmo, sin
prisa aparente me fue hipnotizando hasta quedar sentada frente a él, con las
piernas abiertas, anhelando la atención que parecía dispuesto a prodigarme.
Caí como caen las niñas de los cuentos ante sus captores: con engaños y
sobornos.
No fueron pastelitos, ni muñecas, fue un café.
El aromático y humeante café de las mañanas.
Este lobo con cara de lobo y piel de lobo estaba sobornándome con la bebida
que me hacía sentir la adulta más interesante (y por lo tanto, la más puta) que
podía existir en la tierra.
Me reía nerviosa ante sus agudezas, tratando de defenderme de sus avances
ofreciéndole mi cuello sin mordidas. No mordió ni una sola vez; mi decepción era
mayúscula.
Eramos él y yo en ese lugar, cobijados por las cortinas pesadas y los
azogues de las ventanas. No había testigos, nadie quien socorriera a la
Caperuza. Esa soledad en las estancias aumentaba la pulsión, el deseo que ya se
cernía sobre mis pezones.
“Quiero comerte, lobo”, aullaba la Caperuza en mi interior.
Sin embargo,el lobo no cazaba en comodidad ni con facilidad.
Me necesitaba vulnerable, capturable, completamente aturdida.
Así que pasaron muchos días de otoño donde yo acudí torpemente al salón
de los candiles, esperando encandilar al lobo lo suficiente, al grado de que me
tomara con sus fauces y me desbaratara en mil pedazos. Sentir su lengua fuerte,
sus colmillos maduros, su pelaje áspero entre mis muslos, lastimando mi
delicada piel. Nada, el lobo disfrutaba guiñándome el ojo sin querer echármelo
completamente.
Un día, los cafés se hicieron rutina y la Caperuza en mí finalmente
creció.
No esperaba ni lobos ni cazadores. No había nada rescatable ni vulnerable
en mí. Mis piernas estaban firmes, mi pulso también.
Una sola mirada bastó cruzar con Él para disipar la duda: me subí a su
coche, me subí la falda y abrí las piernas. Mi aroma sensual inundó el ambiente.
Me impelió a bajar a su regazo, con las fauces abiertas y los ojos
amarillos en furor sexual.
Me lo devoré todo.
No dejé ni siquiera los huesos.
Lo que comenzó como una cacería terminó en festín frenético.
Aún me relamo los colmillos con deleite al recordar el sabor de su carne.
Pura dulzura mezclada con café.
Porque es maldita mi costumbre la de azucarar todo.