Cuando entré al
mundo del “hampa” (citas con señores mucho más grandes que yo; maduros, con
cierto nivel intelectual, alta experiencia de vida y sexual.), era muy ingenua.
Aún sigo sin explicarme cómo pasé de pensar que la vida eran flores, gatos,
colores pastel a lugares oscuros, con humo de cigarros y olor a whisky. Pero en
esa penumbra y en esa áura, yo florecí. Envuelta en todo un arsenal de lencería
fina comprada a meses sin intereses, yo me brindé, bien deseosa de colmar todos
y cada uno de mis deseos.
Había una atrayente voluptuosidad en dejarme intoxicar por la decadencia de saberme un objeto de deseo nada más. Un objeto del que obtienes placer, sin saber que te absorbe y se engrandece cada vez más. Cada suspiro sobre mi piel, cada caricia, sobre mis medias y ligas, la humedad que goteaba lento, profusa, inevitablemente, fue aumentando esa adicción, provocando el vicio de querer sentir las muñecas sujetas y la moral suelta.
Encuentros furtivos, cambios de coches en centros comerciales, tardes perdidas entre gemidos apagados, el contraste entre lo duro del ónix o el silicio y lo suave que han sido mis praderas exploradas. Arena beige que se introduce sin querer en las fantasías, en los relojes, en la agenda. Mensajes suplicantes, con un dejo a remordimiento fallido, regalos costosos y cristales en miniatura entrando a mi cuerpo, haciendolo estallar en mil destellos sobre la noche aguamarina. Soy el mar y la concha. Soy la espuma y la marea. Soy la sal y el olor a brea. Soy las lágrimas de alcohol que llorarás mañana.
Fuí un monstruo que fue alimentado sin saber.
Y cuando terminó
cada experiencia, las sábanas de la libertad me envolvieron, cómplices. Renací
en cada mañana soleada junto a mi jardín, frente a la mirada inocente y limpia
de los seres más luminosos del universo.
Nadie imagina que
hay una diva guardada en el clóset, mientras voltea pankekes en el desayuno y
agita chocolate en lugar de Martinis sucios.
Ese es mi súper
poder.