Me puso frente al enorme espejo del café. Tomó mis senos, levantándolos y dejando atrás los siglos que dediqué a la terquedad:
-Mira lo puta que sos, amor.
No resistí la voz rasposa y amaderada que salía de esos labios.
Su mirada tenía un dejo de cansancio pero, aún lucía bien para esos juegos. “Te
encanta”, le espetaba yo, mientras correteábamos por la cama, entre las sábanas
mojadas y llenas de miel envenenada. Sí era su prisionera y sí sabía lo que me esperaba
en esas habitaciones semi lujosas de la torre más alta.
El ritual era lo mejor; me llamaba, me escribía y me citaba.
Yo podía decir que sí y luego, desdecirme. Yo podía no aceptar y, posponer. Yo
podía necesitar su verga y acordar en ese mismo momento que me enviara el coche
y disponer de toda la vista de la ciudad para imaginarme montada en él, alcanzando
mi orgasmo como efluvio de hada maligna.
Llegaba al lugar, le indicaban al chofer en dónde dejarme.
Estaban acostumbrados a eso, a las llegadas y salidas de damas como la chica
del elevador (guapa, cirujeada, de las que cogen y se van sin bañar) pero no de
las mujeres como yo: tenis, jeans, abrigo viejo y una boina terrible. Les causo
gracia, “va a visitar a su abuelito”, piensan. Si mi abuelito es un cuate
cachondo al que me da dos vueltas de colmillo, no. Están equivocados.
Vengo a amar al que ocupa la habitación 306, el que me hace
reír con la risa que yo le provoco. Al que me manosea delicioso a cambio de dulces
de café. No, ese no es mi abuelito. Es mi dador y yo lo amo.
Llamo a la puerta, él está escondido detrás de ella. Me
invita a pasar y yo ya estoy sonriendo, pidiendo que no corra las cortinas, que
no me desvista, que deje que me aclimate porque soy friolenta.
Me pregunto si no preferiría gastar su dinero con una escort
de verdad. Sexy, atorrantísima, regia e impactante. De las que de una tumbada te
dejan la cuenta en ceros y quieres pedir clemencia mientras te embarcas con
ella a Aruba.
Dice que no, que soy lo justo para sus apetitos, que le
gusta la idea del jueguito y que si me quejo, es capaz de no llamarme más.
Bue, no soy “Patricia” así que lo que digas me viene bien.
Pasa el tiempo. Crezco. Quiero ser “Patricia”. No pasa.
Me ha dejado una nota: Cuida las begonias y sé feliz, mi reina.
Sé que quiero llorar y la gente me consuela porque piensan que se ha muerto mi abuelito. Yo les digo que sí, que era muy cariñoso. Que me enseñó a hablar (como una golfa) y a caminar (como una puta).
Que me cuidaba de mañosos y libertinos, escogiéndolos él personalmente.
Le lloro. Sé que en el fondo él no quería a nadie y que habremos muchas "reinas" en su funeral.
Pero ninguna, ¡ninguna! "Patricia".