Amaneció en
rosa.
El cielo
aparecía cómplice de sus deseos e incipientes apetitos.
Se estiró en la
cama, mimosa, como el animal sexual que era.
Sus piernas
formadas con el cincel del ejercicio respondieron a la orden: tensas, duras y
calientes, como la polla que había tenido largamente en la boca anoche, dejando
entrever la potencia alcanzable.
No, no era un
comienzo desagradable. Prometía.
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