viernes, 17 de julio de 2026

La luz sin escape.

 Yo creo que tú ya estabas loco.

Que yo miré directamente al pozo de donde brevaba tu delirio. Nadie me lo tiene que confirmar, tú ya estabas loco.

Pasé ocho días encerrada en tus dominios, a tu tiempo, incluídas las visitas al baño y las comidas. Tomaste mi mano, dijiste “estoy agradecido de tenerte aquí”. Tenerme, esa era la trampa donde yo, llena oxitocina y clona, caí.

Los días que siguieron los pasamos a oscuras, susurrando y agachándonos lo más posible al pasar frente a las ventanas de tu casa. Reptamos, diré. Las plantas murieron, el pez flotaba ya en posición dorsal y yo seguía sin darme cuenta de que, mientras penetrabas mi cuerpo y ensalivabas mis senos, la luz de tu conciencia se iba apagando, apagando.

El día que me pediste que te guisara mis ojos, fue el día que el terror se posicionó en mi piel, erizándola. Quise bromearte para que tú dijeras que cómo crees, que estoy bromeando, pero tu mirada vacía fue la confirmación de tu descenso a la sinrazón. Todavía dejé que me tomaras en la cama y me metieras tu locura húmeda y algo flácida. Todavía me mojé lo bastante como para pedirme que te ahorcara con la cuerda de la regadera. No dudé. Te pusiste tieso, me mojé más y más y al final jugué a la piñata contigo. Así como había jugado con mi hermanito y su amigo imaginario.

Te veías tan cómodo en tu camino al más allá, que no quise despertarte.

 

lunes, 6 de julio de 2026

Amaderado.

Intentaste llevarme a beber, sin éxito.
Debes saber que no soy de las que pasean en escote y con una enorme copa de cognac. Estoy recluída en mis deseos y mis temores. Entre todas las responsabilidades repartidas en cada poro de mi piel. 
Los sueños los tengo en abundancia. En cada uno soy la misma pero, con distinto márgen de desencanto. Eso es lo que pasa, produzco desencanto. Mi madre diría que no se sostener absolutamente nada y, con mi naturaleza exponente, ciertamente le doy la razón. 
Y lo he pensado, ¿sabes?. He sentido el impulso de ser más de lo que se anuncia y supone. Pierdo el impulso, caigo en el vado al perder el equilibrio. Te decepciono.
No me gusta que me rompan el corazón. 
Tan básico.
No me gusta jugar a la ciega.
Y mi cuerpo tampoco juega. Me salió una perrilla en el ojo izquierdo. Miré lo que no debía.
Miré la distancia que hay entre nuestros barcos.
Miré el vacío de tu silla.
Miré la sonrisa y el brillo que pusiste en ella.
Yo no bebo cognac.

martes, 24 de marzo de 2026

Yo, mujer.

 

Mujeres a gatas, mujeres en cuatro, mujeres abriendo las piernas en un perfecto compás para dotar a este mundo/paraíso de humedad.

Mujeres que lloran mientras cogen y las lágrimas son de lujuria, de lascivia, de “me rindo, tú ganas, papito, no pares”.

Mujeres que se derriten con un cálido siseo en las orejas, con un “hummmm” largo de satisfacción.

Mujeres que ronronean esperando la siguiente posición, la pierna al aire, la cara el viento, el brazo torcido y el cuello perdiendo aire.

Mujeres que en tacones, todo lo corren y se corren.

Mujeres a las que el cabello les estorba para acariciar con la boca, para pedir más y arquearse despacio, abriendo un hueco sobre la cama por donde se cuelan las promesas y los jadeos.

Mujeres que sin ropa son tan puras, que con el negro encaje se desmadejan en la penumbra de una habitación llena de peces, pescando en sus redes el deseo del otro.

Mujeres que se rinden a su ritmo, a su piel y sus ganas de ser la mismísima partícula divina que parte a la vida y a la muerte por el centro feroz de su sistema.

Mujeres y yo, mujer, que se posan silenciosas en tus pensamientos, revolviendo los cajones de tu mente.

Mujer que te observa, felina, siguiendo tu rastro con su nariz.