Yo creo que tú ya estabas loco.
Que yo miré directamente al pozo de donde brevaba tu
delirio. Nadie me lo tiene que confirmar, tú ya estabas loco.
Pasé ocho días encerrada en tus dominios, a tu tiempo,
incluídas las visitas al baño y las comidas. Tomaste mi mano, dijiste “estoy
agradecido de tenerte aquí”. Tenerme, esa era la trampa donde yo, llena oxitocina
y clona, caí.
Los días que siguieron los pasamos a oscuras, susurrando y
agachándonos lo más posible al pasar frente a las ventanas de tu casa.
Reptamos, diré. Las plantas murieron, el pez flotaba ya en posición dorsal y yo
seguía sin darme cuenta de que, mientras penetrabas mi cuerpo y ensalivabas mis
senos, la luz de tu conciencia se iba apagando, apagando.
El día que me pediste que te guisara mis ojos, fue el día
que el terror se posicionó en mi piel, erizándola. Quise bromearte para que tú
dijeras que cómo crees, que estoy bromeando, pero tu mirada vacía fue la confirmación
de tu descenso a la sinrazón. Todavía dejé que me tomaras en la cama y me
metieras tu locura húmeda y algo flácida. Todavía me mojé lo bastante como para
pedirme que te ahorcara con la cuerda de la regadera. No dudé. Te pusiste tieso,
me mojé más y más y al final jugué a la piñata contigo. Así como había jugado
con mi hermanito y su amigo imaginario.
Te veías tan cómodo en tu camino al más allá, que no quise
despertarte.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario