Mujeres a gatas, mujeres
en cuatro, mujeres abriendo las piernas en un perfecto compás para dotar a este
mundo/paraíso de humedad.
Mujeres que lloran mientras
cogen y las lágrimas son de lujuria, de lascivia, de “me rindo, tú ganas,
papito, no pares”.
Mujeres que se derriten con
un cálido siseo en las orejas, con un “hummmm” largo de satisfacción.
Mujeres que ronronean esperando
la siguiente posición, la pierna al aire, la cara el viento, el brazo torcido y
el cuello perdiendo aire.
Mujeres que en tacones,
todo lo corren y se corren.
Mujeres a las que el cabello
les estorba para acariciar con la boca, para pedir más y arquearse despacio, abriendo
un hueco sobre la cama por donde se cuelan las promesas y los jadeos.
Mujeres que sin ropa son
tan puras, que con el negro encaje se desmadejan en la penumbra de una habitación
llena de peces, pescando en sus redes el deseo del otro.
Mujeres que se rinden a
su ritmo, a su piel y sus ganas de ser la mismísima partícula divina que parte
a la vida y a la muerte por el centro feroz de su sistema.
Mujeres y yo, mujer, que
se posan silenciosas en tus pensamientos, revolviendo los cajones de tu mente.
Mujer que te observa,
felina, siguiendo tu rastro con su nariz.