martes, 16 de diciembre de 2025

Cenit en otoño.

 

Es probable que haya oído un sonido que trascendió como chispa.

Los pensamientos se agolpan y parece que los días se suceden uno tras otro. 

-¿Qué viene después del después, madre?

-La nada.

Siento romper así sus ilusiones francas y limpias. Nunca, nunca debió conocer la esperanza, ni el futuro, ni la sed de saber lo que hay detrás de los velos del tiempo posterior.

-Solo piensa en la comida que toca y no tendrás que preocuparte de más.

Ni libélulas, ni pasto. Cerdo y cereal.

Se arropa por las noches con la lana tejida en crudo, se arrulla intentando escuchar el susurro de las estrellas. Es una niña con el cabello suelto al viento y no pide más que certezas. Es demasiado.

No puedo con su pelo enredado con cardos. Lo quemo. No debe sentir vanidad, no hay por qué sentir ni deseo ni vanidad.

Severa la miro, intentando que mis ojos-martillo quiebren su espíritu juvenil y ansioso. Es una pérdida de tiempo el anhelo. La tierra, las papas, lo seco y árido es a donde pertenecemos. Un sol tras otro y no hay coordenada que escape de la polvorienta experiencia de existir en un terreno agreste, colmado de hambre y sofocación.

“Piensa en mí”, narro en voz baja, para mí misma.

El sueño me vence. La vida me ha vencido.

lunes, 3 de noviembre de 2025

La edad del Lobo.

 La culpa la tuvo mi maldíta costumbre de azucarar el café.

Esa tendencia a querer alterar el orden natural de las cosas, esa rebeldía por hacer las cosas a mí manera fue lo que me llevó a los brazos (y a la cama) de él.

La vida fue tranquila durante ese otoño, no salía yo del asombro de ver tantas hojas ocre y con anverso dorado. Hojas de ricos, hojas de alta sociedad.

Me llamó con su voz que parece un ronroneo. Al principio paré las orejas para identificar si era a mí a quién aludía. Ese tono aterciopelado, calmo, sin prisa aparente me fue hipnotizando hasta quedar sentada frente a él, con las piernas abiertas, anhelando la atención que parecía dispuesto a prodigarme.

Caí como caen las niñas de los cuentos ante sus captores: con engaños y sobornos.

No fueron pastelitos, ni muñecas, fue un café.

El aromático y humeante café de las mañanas.

Este lobo con cara de lobo y piel de lobo estaba sobornándome con la bebida que me hacía sentir la adulta más interesante (y por lo tanto, la más puta) que podía existir en la tierra.

Me reía nerviosa ante sus agudezas, tratando de defenderme de sus avances ofreciéndole mi cuello sin mordidas. No mordió ni una sola vez; mi decepción era mayúscula.

Eramos él y yo en ese lugar, cobijados por las cortinas pesadas y los azogues de las ventanas. No había testigos, nadie quien socorriera a la Caperuza. Esa soledad en las estancias aumentaba la pulsión, el deseo que ya se cernía sobre mis pezones.

“Quiero comerte, lobo”, aullaba la Caperuza en mi interior.

Sin embargo,el lobo no cazaba en comodidad ni con facilidad.

Me necesitaba vulnerable, capturable, completamente aturdida.

Así que pasaron muchos días de otoño donde yo acudí torpemente al salón de los candiles, esperando encandilar al lobo lo suficiente, al grado de que me tomara con sus fauces y me desbaratara en mil pedazos. Sentir su lengua fuerte, sus colmillos maduros, su pelaje áspero entre mis muslos, lastimando mi delicada piel. Nada, el lobo disfrutaba guiñándome el ojo sin querer echármelo completamente.

Un día, los cafés se hicieron rutina y la Caperuza en mí finalmente creció.

No esperaba ni lobos ni cazadores. No había nada rescatable ni vulnerable en mí. Mis piernas estaban firmes, mi pulso también.

Una sola mirada bastó cruzar con Él para disipar la duda: me subí a su coche, me subí la falda y abrí las piernas. Mi aroma sensual inundó el ambiente.

Me impelió a bajar a su regazo, con las fauces abiertas y los ojos amarillos en furor sexual.

Me lo devoré todo.

No dejé ni siquiera los huesos.

Lo que comenzó como una cacería terminó en festín frenético.

Aún me relamo los colmillos con deleite al recordar el sabor de su carne.

Pura dulzura mezclada con café.

Porque es maldita mi costumbre la de azucarar todo.

miércoles, 2 de julio de 2025

Mar.

 

Ven y asume que es deseo lo que va carbonizando mis venas rápidamente. Observa cómo el fuego mixto me hace fosforecer en medio de la noche gatuna, negra, aterciopelada, lista a ser devorada por nuestra hambre. Mi instinto de supervivencia está apagado, solo quiero morir desangrando por la garganta en gemidos que perforan paredes y pudor. Mira a mis piernas desearte, llamarte, abrirse en fruta de mar fresca para ti. Navégame, estira el tiempo que es breve mirando las redondeces musicales que penden de mi pecho. Estoy temblando de frío pero, ardiendo; no conocí cobijo hasta que tu piel se adhirió al vaivén acompasado del tiempo entre mis sábanas. Mi cara es la luna que levanta mareas, la que condena mástiles en medio de mil tormentas saladas. Soy ímpetu, soy indomable al calor de tus yemas y de tus pupilas. Mi sargazo reclama la espuma juguetona de tu oleaje y el barco naufraga sin que alguien tome el timón. Si la nada nos sorprendiera juntos, no encontraríamos lo que vinimos buscando de tiempo atrás. Sin embargo, me quiero saber perdida, entregada, rendida y en el marasmo de la arena, pernoctar.