Es probable que haya oído un sonido que trascendió como chispa.
Los pensamientos se agolpan y parece que los días se suceden uno tras otro.
-¿Qué viene después del después, madre?
-La nada.
Siento romper así sus ilusiones francas y limpias. Nunca, nunca debió conocer la esperanza, ni el futuro, ni la sed de saber lo que hay detrás de los velos del tiempo posterior.
-Solo piensa en la comida que toca y no tendrás que preocuparte de más.
Ni libélulas, ni pasto. Cerdo y cereal.
Se arropa por las noches con la lana tejida en crudo, se arrulla intentando escuchar el susurro de las estrellas. Es una niña con el cabello suelto al viento y no pide más que certezas. Es demasiado.
No puedo con su pelo enredado con cardos. Lo quemo. No debe sentir vanidad, no hay por qué sentir ni deseo ni vanidad.
Severa la miro, intentando que mis ojos-martillo quiebren su espíritu juvenil y ansioso. Es una pérdida de tiempo el anhelo. La tierra, las papas, lo seco y árido es a donde pertenecemos. Un sol tras otro y no hay coordenada que escape de la polvorienta experiencia de existir en un terreno agreste, colmado de hambre y sofocación.
“Piensa en mí”, narro en voz baja, para mí misma.
El sueño me vence. La vida me ha vencido.